«Debemos mirarnos a los ojos para que exista el diálogo»

El cuerpo, como dice nuestra portada, es protagonista. Pero el suyo es un confuso protagonismo: quizás, de ver tantos cuerpos, no vemos ninguno. Como dice el profesor Polaino, el desplazar la atención a cualquier otra parte del cuerpo que no sea el rostro -el significado, el destino- es reducir a la persona a mero objeto. Y, sin embargo, el cuerpo es verdadero protagonista; con él debemos adentrarnos en la única aventura de la vida humana.

¿Vivimos una época de sobrevaloración del cuerpo humano?
Sí. Hay lo que se llama culto al cuerpo, un fenómeno muy extendido que se caracteriza por sobreestimar la apariencia física. Es un tema del que se habla mucho pero que, a mi modo de ver, no está bien enfocado. No es más que un derivado del culto al yo.

¿Del individualismo?
Si no hay una apertura a los demás, un respeto a la dignidad de la persona, si no nos damos cuenta de que cualquier persona es, al menos en una cosa, superior a las demás, entramos en un juego de infraestimación-sobreestimación. Nos sobreestimamos e infraestimamos a los demás, aunque a veces ocurre lo contrario y eso da lugar a muchos problemas psiquiátricos. Una persona no puede hacer de sí misma el centro de su vida, va contra su naturaleza. Si empezamos a mirarnos al ombligo, nos problematizamos inevitablemente a nosotros mismos.
Otro aspecto es el auge de lo físico frente a lo interior, lo trascendente.
No cabe duda de que la persona ha sufrido en nuestra cultura un proceso de banalización. No valoramos la riqueza que es cada uno. Valores como la interioridad, la subjetividad, la capacidad de entrega o la apertura a la felicidad, que tradicionalmente han tipificado a la persona, han caído en desuso. Y eso hace que se trivialicen las relaciones humanas, sobre todo las de pareja. Hombre y mujer se convierten en puros objetos de placer y muchas veces no conocen siquiera el nombre del otro ni lo que piensa.

¿Existe tal vez un miedo a mostrarnos a los demás tal como somos y ver a los demás tal como son?
¡Qué duda cabe que la interioridad compromete mucho! Hay personas que tienen tanto miedo al dolor de los demás que prefieren taparse los ojos. Y si adivinan que alguien va a contarles algún problema, dicen: No, no me lo cuentes. El otro aspecto, el miedo a mostrarnos a los demás, creo que es más bien un problema de no conocernos a nosotros mismos. Si lo hiciéramos, se acabarían muchos de esos miedos, porque el conocimiento de sí mismo lleva a la persona a la efusión de su intimidad y a compartirla con otro. El enriquecimiento personal nos viene por el compromiso con los demás. Si perdemos el miedo a conocernos, probablemente desaparecerá también el miedo al compromiso. Simplemente esto cambiaría radicalmente las relaciones. Bastaría con que la gente se mirara a los ojos para que se iniciara un diálogo mucho más profundo, más comprometido y también más enriquecedor. No hay mejor manera de reducir a una persona a objeto que mirar a cualquier parte de su cuerpo que no sea la cara.

Qué es el espejo del alma…
Si iniciamos un diálogo en el que el centro de interés sea el rostro, probablemente seremos más sinceros y más comprensivos. Pero si de una persona lo único que nos importa es su tipo, su talla o su belleza, entonces estamos reduciéndola a un simple accidente.

¿Y el alma? ¿Cómo se relaciona con el cuerpo?
Alma y cuerpo no se pueden separar: un cuerpo sin alma no es más que un cadáver, pero un alma sin cuerpo tampoco está completa. Hay toda una filosofía del cuerpo que está aún por hacer. De hecho, el cuerpo es lo que se interpone entre el yo y el mundo. No puedo, si quiera, imaginarme a mí mismo sin él. Es una parte esencial de la persona, aunque la persona sea más que cuerpo.

Una filosofía por hacer

El culto al cuerpo se debe a haber tomado una parte por el todo. Debemos fijarnos en el todo. Y aquí también se equivocan los maniqueos, que no ven al cuerpo más que como cárcel del alma. El cuerpo es una realidad tan noble como pueda serlo el alma, aunque diferente. Lo propio del alma es animar a un cuerpo y, a la vez, enriquecerse de esa unión. Si los separamos, no hay más que empobrecimiento. El alma sin cuerpo, aunque esté gozando en el cielo y esperando la resurrección final de los cuerpos, es menos perfecta que el alma unida al cuerpo ya resucitado. Lo importante es la persona, un alma sin cuerpo, todavía no lo es.

O sea alma y cuerpo tienen su destino unido.
Son inseparables. Basta con observar cualquier movimiento que hacemos. No somos simplemente células. Hay detrás otra cosa superior y eso es el alma. Toda la comunicación gestual, el asentimiento, el parpadeo, el fruncimiento de la frente… Eso no lo puede hacer la epidermis, porque no hay ningún sensor que lo justifique. Pero claro, es muy diferente andar por la calle pensando «este chico es cojo, o aquella chica, escultórica» a «esta persona es única; como este rostro no encontraré ninguno y expresa las cavilaciones, ambigüedades y complejidades de esa persona y, por tanto, ese cuerpo me merece todo el respeto del mundo». Si considerásemos así a los demás, no pasaría todo lo que vemos en la psiquiatría.

¿De verdad llega a tanto la obsesión por el cuerpo?
Hay cientos de casos de fobia en que una persona percibe una parte de su cuerpo y no le gusta. Eso les pasa mucho a las chicas jóvenes. O, también, el tema de la anorexia. ¡El 6% de las niñas con anorexia se mueren!; es algo gravísimo, y eso es consecuencia del culto al cuerpo mal entendido. Igual que el consumo sistemático de alcohol porque creemos que así estamos más simpáticos, o la práctica de ponerse moreno a costa de quemaduras, cáncer de piel y lo que haga falta. Eso no es culto al cuerpo, es guerra contra el cuerpo.

¿Existe culto al cuerpo?
Más bien un culto al propio yo. El cuerpo se utiliza como un instrumento para que el yo destaque socialmente. Sólo que entonces no se le da el papel que tiene. Se le somete como a un esclavo para que el yo vaya por ahí luciéndose. Si, por ejemplo, alguien le dice a otro: Me encanta el tipo que tienes, lo que infiere el que escucha es que le encanta como persona. Si en cambio dijera Me encanta tu cuerpo, pero tú no me gustas nada, la cosa cambiaría bastante. Es lo mismo que la adicción al trabajo. El trabajo es algo muy bueno, pero hay un límite. Estamos aplastando otra vez al cuerpo para que el yo sea más narcisista y tenga una cuenta bancaria potente.

¿Qué le diría a un paciente que vive obsesionado por lo que acaba de comentar?
Primero hay que explicar. Si la gente estuviera bien informada, no habría estos problemas. También es importante que cada cual establezca una escala de valores, que se pregunte si quiere ser feliz o prefiere el éxito, la riqueza y la fama. Lo contrario es seguir como un borrego el camino de los demás.

¿Cuál es la manera correcta de tratar al propio cuerpo?
Educarlo y exigirle en el deporte, el trabajo… porque el respeto a él debe conducir a no estar todo el día tumbado. Eso es realmente quererlo. Si en cambio lo queremos sólo en un sentido hedonista, de gustirrinín periférico, lo estamos estropeando. No se trata de renunciar al placer, pero tampoco de arruinar ese capital sólido que tenemos y que es la creación más perfecta que existe.

Lo que es bueno para el cuerpo ¿lo es también para el alma?
Casi siempre, aunque excepcionalmente choquen los intereses entre uno y otro.

¿El sacrificio, por ejemplo?
El sacrificio le viene incluso bien al cuerpo, como, por ejemplo, el quedarse todos los días con un poquito de hambre. Además, así crece el alma porque, al no darle al cuerpo todo lo que apetecería, aumenta nuestro control sobre él, hace que seamos más señores, más dueños de nosotros mismos. Y eso también le conviene al cuerpo. Va a rendir mejor y va a salir mejor de situaciones no esperadas como una enfermedad. En realidad, para llevar una vida sana, son preferibles los pequeños sacrificios que el placer por norma.

Lo que ocurre al alma afecta también al cuerpo y viceversa.
Es evidente. Cuando tenemos un dolor de muelas, ¿verdad que los chistes no nos interesan?

Pero, entonces, también se limitan el uno al otro.
A veces, sí. Pero es que su relación no es de yuxtaposición. Si separamos el uno del otro, ya no tenemos a una persona. Hay que ir a la unidad de la persona. Nuestra cultura separa y destroza mucho, porque coge sólo un fragmento, cuando en la persona hay una unión perfecta entre cuerpo y alma. El ideal pasa por un exquisito respeto al cuerpo y un exquisito respeto al alma, sabiendo que no hay dos personas iguales y que cada uno tiene que ser quien es. Desde Adán y Eva no se ha repetido nadie y, después de que nos muramos nosotros, tampoco se repetirá. Si hay una persona única en toda la Humanidad, por ejemplo usted, yo me tengo que asombrar. Y el día en que se muera, habrá un desequilibrio ecológico, porque no podremos sustituirle. Nada de lo que le ocurra a nadie me puede ser indiferente. Eso es la solidaridad. Hay que admitir que cada cual pueda ser como quiera, pero también que lo sea de manera que todos los demás nos enriquezcamos.

R. B.

Algo más que un reclamo publicitario

Que la publicidad tenga en cuenta a la mujer o al hombre en cuanto al mensaje emitido es algo no sólo importante, sino muy razonable, asì como que se recurra a la imagen femenina o masculina como técnica de promoción y estrategia publicitaria, porque al gran porcentaje estadìstico de mujeres que toman las decisiones de compra hay que añadir un número significativo de hombres que eligen sin ningún tipo de influencia externa.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, hay un fenómeno que ha adquirido unas proporciones alarmantes, consistente en la utilización del cuerpo, ya sea femenino, ya masculino, como objeto de reclamo publicitario. En demasiadas ocasiones, la imagen de la mujer o del hombre es utilizada con una dimensión exclusivamente comercial y como pretexto para llevar al público a consumir un determinado producto.
De esta forma, parece que lo único relevante es vender a toda costa, sin importar el precio. Parece que algunos «creativos» ignoran por completo que existe una labor publicitaria imaginativa, ocurrente, fresca, dinámica y, cómo no, eficaz. Parece que lo que está de moda actualmente es el recurso fácil, simplista, carente de un valor cierto y de un atractivo significativo.
El cuerpo humano, muestra de la condición material de las personas, posee en sí mismo una transcendencia no rebajable al mero consumo publicitario. Su uso indiscriminado supone un descarado ataque a una parte esencial de la naturaleza humana, un claro atrevimiento -en aras de una finalidad tan pobre- que atenta contra la dignidad de las mujeres y los hombres.

Clemente Ferrer Roselló

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