¡Qué grande es el hombre!

Muy pocas veces me han conseguido interesar las películas «de tema religioso». A la mayoría de ellas les ocurre lo que a ciertas pinturas o esculturas a partir del Renacimiento. El «motivo» puede estar tomado de la Historia Sagrada, o de la vida del Señor o de los santos, acaso porque eso es lo que le habían encargado al artista, pero la inspiración de la obra en sí misma, su mirada sobre la realidad, no tiene nada de religioso, y mucho menos de cristiano.
Siempre me han parecido más religiosos Los Fusilamientos del 3 de mayo de 1808, o hasta La Familia de Carlos IV, de Francisco de Goya, que muchas de las pinturas de temas bíblicos de Rubens o incluso de Rafael. Lo mismo me pasa en el cine. En ciertas películas consideradas «religiosas», por ejemplo, en ciertas superproducciones de Hollywood en torno a la Biblia o a los orígenes cristianos, lo «religioso» es pura excusa. Lo que se cuenta es «otra cosa». Y no digamos nada de los pastiches piadosos o moralizantes que a veces hemos tenido que padecer.
Las tres películas más votadas por los espectadores en la encuesta realizada por el programa de TV2 ¡Qué grande es el cine! han sido: 1. Casablanca, de Michael Curtiz; 2. Ordet, de C. T. Dreyer; y 3. Ciudadano Kane, de Orson Wells.Hay una forma de entender y de presentar lo religioso que deforma profundamente, tanto el sentido de lo religioso como la realidad de la vida humana. Hay un cierto modo de presentar lo sobrenatural como fantasmagórico. Es decir, como irreal. Y como uno no se encuentra en la vida con luces extrañas, con apariciones o voces en off que le hablan por la noche, o con ángeles simpáticos y bondadosos que tengan que obtener sus alas, pues resulta que uno se siente dispensado del Misterio, y la vida real y dura de cada día busca su centro y su sentido en otra parte. Un ejemplo muy típico de esto lo ofrece la película El Exorcista: como, por lo general, no vivimos al lado de gente que se pone verde, echa espumarajos por la boca y sale disparada por la ventana, pues la película nos invita a concluir que el demonio no influye en la vida de las personas normales. R. Bresson, en su película Probablemente el diablo, desgraciadamente poco conocida entre nosotros, tenía una inteligencia mucho más penetrante de la realidad. El lugar del milagro y del misterio, de la redención y de la condenación del hombre -es decir, el lugar del drama- es la vida real, la vida cotidiana. La presencia y la ausencia de Dios no son fantasmagóricas, sino aquello frente a lo cual se juega día a día el destino y la felicidad de los hombres.
Una escena de OrdetPodría decirse que el cine -en cuanto que utiliza la fotografía como medio expresivo- sólo puede filmar una realidad visible. Pero la más elemental aproximación a una gran obra de arte cinematográfica demuestra que lo visible en la vida es mucho más que lo que vemos la mayoría de las veces los distraídos hombres. De pasada, acaso no está de más recordar que la fe cristiana no nace de encuentros con lo sobrenatural al estilo Hollywood, sino de «ver» en la vida real la humanidad que la presencia de Jesucristo vivo suscita en unas personas que a su vez «han visto y oído», «han contemplado y han tocado con sus manos» el Verbo de la Vida, «pues la Vida se ha manifestado» (1 Jn 1,1-3).
Es verdad que algunos autores han sabido plasmar con nobleza de modo explícito la relación del hombre con el Misterio. El que los espectadores de ese gran programa de José Luis Garci que ha sido ¡Qué grande es el cine! hayan elegido Ordet de C.T. Dreyer en segundo lugar como una de las diez mejores películas de la historia del cine nos ha sorprendido a todos, pero demuestra que hay un público que tiene ojos para ver. Y cuyas preocupaciones apenas coinciden con el discurso dominante, ni siquiera con el que hoy parece dominar entre nossotros, los cristianos. Pero el arte de una época es siempre expresión de su cultura, y el cine ha sabido pintar mejor la tragedia de la ausencia de Dios en el hombre que el milagro gozoso de su presencia.
Charles Foster Kane y su segunda esposa, SusanEn un momento de Ciudadano Kane, el Sr. Bernstein le dice al periodista encargado de intentar desvelar el misterio de la vida de Charles Foster Kane: «No es tan difícil como la gente cree hacer dinero… si lo que se desea en la vida es únicamente hacer dinero. Charly no era eso lo que deseaba». Más allá de todo lo que Ciudadano Kane supone como dominio del lenguaje cinematográfico, la grandeza del film está en que ese lenguaje está al servicio de un misterio: el misterio de la vida de un hombre, o, acaso, el misterio de la vida de todo hombre.
En Ciudadano Kane no se habla para nada de Dios. Sólo de la historia de un hombre que se creyó capaz de todo, y que perdió lo más valioso en la vida. Pero Ciudadano Kane me ha parecido siempre una película profundamente religiosa. Profundamente religiosa, por que seria y auténticamente humana. La visión de Ciudadano Kane me ha recordado siempre la frase del Evangelio: «¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8,36). Y muchas veces he pensado que me gustaría empezar unos Ejercicios Espirituales con su proyección. A San Ignacio no le hubiera parecido mal, estoy seguro, esa glosa en negativo de su Principio y Fundamento.
Francisco Javier Martínez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *